sábado, 2 de abril de 2011

El viejo de abajo

Siete de la mañana y los gritos me despiertan con más urgencia que las ganas de mear. No puedo distinguir las palabras pero hay violencia en el sonido inútil del hombre hacia el perro. Un duelo constante entre los ojos cálidos del animal y el gañote áspero del humano. Como todos los días, brota la idea de bajar a quejarme con la mejor máscara de persona decente arrancada del sueño. En la casi sombra del cuarto trazo cálculos para el encuentro. Como todos los días, la conclusión más firme me dice que me deje de joder y mude mis huesos a la cocina. La pava sobre la hornalla es un campanario a esta hora. Los objetos cambian de lugar por la noche, no hay mentira más cierta. El viejo sale al patio y murmurando algo arroja semillas al piso, que se llena de palomas atropellándose por comer. La torpeza inmunda de los pájaros, el olor a rancio de la casa, la figura de momia inconclusa... todo me revuelve las tripas vacías. Suelto un río de puteadas casi a los gritos, para que escuche. Mi gata grita también, no sé si reclamando comida o por empatía. Giro la cabeza para callarla y comprendo que inevitablemente en unos años voy a ser el viejo de arriba.

3 comentarios:

  1. Hahaha! Muito bom a gata miando por comida ou empatia... Começo a perceber a inevitabilidade das coisas como um traço marcante dos teus textos. Em todo caso, muito bom.

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  2. Você está certo, cara. Uma inevitabilidade implacável.

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  3. Só mais uma manhã, de tantas que já se foram ou que ainda estão por vir. Excelente!

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