
Como cada tarde, la contempló. Estaba sentada en el mismo lugar, con la mirada perdida. Igual que ayer y anteayer. Intentó atraerla, captar su atención con ruidos, jugar con reflejos sobre la marea. Quiso hacerla reír, pero todo chocaba con el silencio. Mientras se sumergía le dijo:
—Me estás mirando y no me ves.
La estatua esperó unos dos minutos más antes de levantarse. No quería darle falsas expectativas al cetáceo.